Y como en Nahuatl la interpretación se hacía de derecha a izquierda, Autlán se puede traducir como: lugar del camino del agua. Por eso su escudo en forma gráfica representa el corte de un canal que lleva una corriente de agua pintada con rayas azules y remolinos que indican el movimiento y, en la parte superior se ven cuatro olas rematadas con dos conchas redondas y dos caracoles alargados.

Pero volviendo a los relatos antiguos; cuando el ejército de los conquistadores al mando de Álvarez Chico llegó a Coahuayana, cerca de Colima, fueron atacados ferozmente por los chimalhuacanos en donde militaban los guerreros autlecos y su Tlactoani Capaya, hasta derrotarlos y hacerlos huir.

Al enterarse Hernán Cortés de la derrota sufrida por Álvarez Chico, encomendó la conquista de la región a Cristobal de Olid, el que también fue vencido por los confederados a su paso por la barranca de Olima.

Alarmado Hernán Cortés por esta nueva derrota, ordenó a su mejor lugarteniente Gonzálo de Sandoval reunir un mejor ejército, con el que por fin logró vencer a los chimalhuacanos en cruenta lucha.

Después Cortés, nombró a su pariente Francisco Cortés de San Buenaventura para la conquista de la provincia, y así fue como llegaron a Cihuatlán, en donde creyeron ilusionados que era la tierra de las amazonas donde solo había mujeres, y por fin avanzando hacia el Norte, arribaron a Autlán donde encontraron una ciudad de menos de quinientos habitantes, porque su población había sido diezmada por la guerra y los estragos de la peste o cocoliztle.

Fue entonces cuando, al parecer, abandonaron la vieja ciudad y acordaron construir una nueva cinco kilómetros hacia el Norte, al pie del cerro llamado Cinacantepetl, que en lengua Nahuatl quiere decir cerro de los murciélagos, al que hoy llaman cerrito de la Capilla. La elección de este lugar se debió, probablemente, a ser un sitio más alto y ventilado, salubre y de mejor defensa que su anterior asentamiento.


Corría el año 1538 cuando empezó la construcción de la misión franciscana de Autlán a la que llamaron Parroquia del Divino Salvador, y su convento anexo y, a su alrededor, fueron edificando las primeras casas.

Como el número de habitantes era muy reducido y su defensa difícil, construyeron las casas fortificadas, aún hoy día se pueden ver algunas en el Centro Histórico que conservan pretiles de azoteas almenadas.

También el trazado de las calles se hizo bajo un plan maestro de construcción, para mejor defensa de un posible ataque enemigo. De forma que, todas las cuadras que salen del Centro Histórico terminan a la mitad o desfasadas de la calle de la cuadra siguiente.

Este sistema de construcción defensiva, que al parecer es único en el Estado de Jalisco, sirvió para que durante la Revolución de principios del siglo XX levantaran, en las esquinas que dominan las calles que se dirigen al Centro, fortines de ladrillo provistos de troneras para desalentar a posibles enemigos.

Algo notable y que pocas personas actualmente saben es que, por el subsuelo de la ciudad de Autlán corren varios túneles que, al parecer, comunicaban las casas de los señores principales y así como también al banco local, que estaba junto al desaparecido Hotel Palacio frente al jardín Constitución y con el templo de la Parroquia.

De la Parroquia parte el túnel principal que atravesando la calle de Hidalgo llega a la que hoy es la Casa Universitaria.

Los mencionados túneles tienen como dos metros de alto por uno de ancho, los cuales están perfectamente ademados con ladrillos rojos cocidos.

Tal vez estos túneles esperan que los rescaten del olvido y se conozca su historia.

Mientras tanto, la ciudad de Autlán, con su gente amable y laboriosa y su pujante desarrollo, sigue siendo el centinela protector de este fértil valle que lleva su nombre.

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